sábado, 12 de agosto de 2017

José Luis Torres, el hombre que le puso nombre a una década

Pablo Yurman
Publicado el 14 de noviembre de 2014

José Luis Torres nació en 1901 en San Miguel de Tucumán y, tras una vida agitada dedicada al periodismo, las letras y la política, murió el 2 de mayo de 1965 en medio de la más absoluta pobreza, siendo necesario que algunos de sus amigos compraran el féretro. Como apuntaría Arturo Jauretche, “no hay ningún periodista argentino que no haya querido escribir su necrológica; pero no hay ningún periódico argentino que haya querido recogerla Este silencio que ha habido para la muerte de José Luis Torres prueba simplemente que murió en su ley. Esto es lo que se llama aquí libertad de prensa”.

La conspiración de silencio en torno a la figura de Torres contrasta con la sucesión de panegíricos y loores de rigor que le fueron dedicados algunos días antes a otro intelectual y político argentino, Alfredo Palacios. Acaso el trato discriminatorio obedezca a que el primero fue un nacionalista de coherente discurso antiimperialista a lo largo de toda su vida, en tanto que el segundo sería, pese a su militancia en las filas socialistas, funcional a los intereses del poder concentrado de la Argentina del primer centenario.

En la década del 20 se estableció en Jujuy desarrollando su pensamiento, signado por una fuerte tendencia humanista, en publicaciones en diversos periódicos, haciendo foco en la situación de explotación rayana en la servidumbre en la que se encontraban los trabajadores azucareros de esa provincia. Apunta María Luisa Rubinelli que para Torres “…no resulta justificable que el sentido de la vida de una persona sea la búsqueda del beneficio económico, si ello implica el sometimiento y explotación de otros hombres.

En su concepción, no sólo es condenable el explotador, sino su cómplice: quien finge no ver la injusticia o no se compromete a combatirla. La preocupación por la propia dignidad siempre incluye la del otro, que así se reconoce y es reconocido como igual en derechos. Mientras dicha igualdad no sea reconocida, no existe, por lo que entonces los derechos humanos no dejan de constituir una proclamación vana y vacía”.

De regreso a su Tucumán natal tuvo la posibilidad de desempeñarse como ministro de Gobierno durante el breve gobierno provincial de Juan Luis Nougués y su Partido Defensa Provincial, entre 1932 y 1934. Las políticas de mejoras en las condiciones de vida de los sectores más humildes, desarrolladas a partir de un gravamen específico sobre el azúcar, derivaron en serios enfrentamientos con los empresarios del sector lo que a su vez culminó con la intervención federal ordenada por el gobierno nacional presidido por Agustín P. Justo.

Acaso su origen tucumano hiciera de Torres, en palabras del filósofo Alberto Buela, “un nacionalista de la Patria Grande, debido sobre todo a sus contactos permanentes con lo que fuera para nosotros el Alto Perú. Esta vinculación existencial con la América profunda lo hizo el más americano de los hombres de su generación por lo que se emparenta mucho con Manuel Ugarte, un hombre de la generación anterior”.

Al cesar en la función pública, se trasladó de su provincia natal a la ciudad de Buenos Aires, tomando así contacto con otros sectores de la intelectualidad que ya por entonces bullía en los diversos y heterogéneos ámbitos del revisionismo histórico y del nacionalismo que descreía profundamente del régimen corrupto surgido con posterioridad al Golpe de Estado de 1930, pero también de los partidos políticos desprestigiados que integraban la llamada Concordancia, confluencia de radicales antiyrigoyenistas, socialistas y conservadores.

Es en este período en el que Torres produce sus libros más perdurables con títulos sugestivos como ser Algunas maneras de vender a la Patria, La década infame, La oligarquía maléfica, entre otros. El ya citado Buela considera que su obra más lograda y de mayor despliegue intelectual fue Nos acechan desde Bolivia, escrita para denunciar “la intervención de la ONU, como organismo clave de dominación mundial, para invalidar las elecciones del 6 de mayo de 1951 que otorgaron en Bolivia el triunfo al Movimiento Nacionalista Revolucionario”. La identificación del fenómeno político del imperialismo marcaría la senda de su producción intelectual hasta el fin de sus días.

Fue Torres quien bautizó el período de nuestra historia comprendido entre 1930 y 1943 como “Década infame”, caracterizado no sólo por la recurrencia habitual al fraude electoral para garantizar el triunfo de los candidatos de la Concordancia, sino por la generalización de los casos de corrupción y la marcada sumisión por parte de esos gobiernos corruptos respecto del imperialismo de turno que en esa época tenía aún sede en Londres.

Al respecto, Julio de Guernica aporta un dato de interés al explicar que “denunció todos los negociados de la época… Además emprendió una cruzada contra el grupo Bemberg, acusando a sus líderes de evasión impositiva, monopolio, soborno y múltiples defraudaciones al Estado Nacional. Las pruebas por él aportadas, hicieron que posteriormente el gobierno peronista mediante la ley 14122 liquidara los bienes y retirara la personería jurídica a las empresas del grupo. Esta ley contó con la inusual anuencia de la bancada radical”.

Luego del derrocamiento del gobierno del general Perón en 1955, José Luis Torres sufriría la persecución y el vacío. Pero no lograron doblegarlo y acuñó otra frase perdurable cuando llamó al gobierno de facto surgido de la asonada del 16 de septiembre “Revolución Fusiladora” quitándole con marcado realismo toda ilusión a una libertad que, en los años sucesivos, le sería retaceada a buena parte del pueblo argentino.


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